El gigante

En el pueblo, había una historia antigua.

Antigua había sido parlamentada al oído de muchos poblantes y como eran buenos escuchas la tenían grabada como un tatuaje en la piel de la razón, y se decían todas las noches la historia de un gigante que vino a dormir a los pies del poblado. Esto antes que llegaran los hombres de metal a conquistarlos. Mucho antes, cuando ni siquiera el poblado existía. Y las gentes viendo que el gigante dormía apasible y tranquilo, y que largo y alto era su dormir, comenzó a construir casas y caminos, puentes y edificios, cubriendo todo el cuerpo del gigante, que ya no era distinguible a simple vista, porque tantas cubiertas habían puesto sobre su pellejo arcilloso.

Pero algunos poblantes sabían que el gigante estaba ahí, debajo de esas grandes construcciones que habían hecho sus hermanos por generaciones. Sabían que el gigante lento tenía su respirar, leve como musitado, debajo de la ciudad y ya parecía estar despertando por tanto ruido que hacían los hombres de metal castigando a las gentes por no trabajar como se esperaba.

Pero se estaba tan calientito y cobijado ahí el gigante que a ratos se movía un poco, pero no lograba erguirse en su total magnitud. Un poquito solamente se acomodaba y seguía roncando así sordo, casí sin escucharse. Y los hombres de metal, un poco preocupados al principio, continuaban con su carnicería, por que parecía que no le importaba el ruido al gigante.

Algunos poblantes se andaban con cuidado, no querían que el gigante se despertara y auxiliara a los poblantes mismos. --No, --decían--, si el gigante despierta, caeran nuestras construcciones y muchos moriremos. Esto se repetían todos los días y corrían atentos a los deseos de los amos, los hombres de metal, que ya se confundían entre los pobladores y hacían correr este rumor, de que grande y desvastoso sería el despertar del gigante, por lo que entonces no era conveniente su despertar, sino que siguiera allí tranquilito durmiendo.

Pero otros poblantes los que veían más lejos y más alto, aquellos que sabían que el gigante despertaría, y aunque grande y desvastoso fuera su despertar, pondría fin a la explotación de los hombres de metal, aquellos que volaban lejos, los más fuertes, los más adornados, los más ricos; y hacían harto ruido cuando eran atacados y martirizados, esperando que el gigante se hiciese su despertar.

Entonces, grande fue el miedo de los hombres de metal de que el gigante despertara por los gritos y ruegos fuertes de los poblantes avivados, que algunos hombres de metal se fueron, se alejaron lejos en huida casi. Pero se llevaron sus objetos valiosos, se llevaron sus casas y sus instrumentos, y de lejos veían que muchos poblantes los seguían como implorando que regresaran.
--no volveremos --decían-- hasta que sus poblantes se callen, los de su raza que gritan e imploran por que despierte el gigante.
--Ya --dijeron los poblantes que querían mucho a los hombres de metal, y se fueron donde los poblantes y con armas los asesinaron, uno a uno, para que callaran, para que ruido no hicieran, por que el gigante podía despertar y ya se acabaría el yugo de los hombres de metal.

Entonces, viendo que se estaban muertos o bien callados los ruidosos, volvieron los hombres de metal, y con paños inmundos amordazaron a todos los poblantes, para que recuerdoaran que no debían meter ruido, por que sino el gigante despierta. Así los poblantes miraban su mordaza todos los días y recordaban que no debían meter ruido, pero ya no sabían por qué, solamente que el ruido era malo.

Cada poblante tenía su paño inmundo, sucia era la superficie y cruda su textura, porque dolía usarlo día tras días y ya no se podía hablar si no que se entendían por entredientes, como odiando se entendían, a medias se entendían, y cuando uno decía hagamos negro el otro decía hagamos blanco. Y mucho se peleaban las gentes, pero para callado por que recordaban que el ruido era malo.

Pero un grupo de poblantes, viendo que el restro de los de su raza sufría, imploró a los hombres de metal, que cambiaran la mordaza inmunda. Como ya habían olvidado el origen de aquel implemento, y la boca ya no funcionaba como antes, para gritar y exigir, los hombres de metal les construyeron hermosos bozales con cuentas de colores y brillos, para que los usaran los poblantes y así no sufrieran tanto.

Felices los poblantes se probaban la nueva mordaza colorida. Se la ponían en la boca y callaban gustosos para contemplarse en los grandes espejos que los hombres de metal habían armado en las plazas del pueblo.

Pero no todos podían tener su mordaza pues debían pagarla, cara la debían pagar la mordaza para poder tenerla y las había de muchos tipos, y hasta piedras tenían algunas. Y como muchos no pudieron comprarla o intercambiarla porque era muy miserables, no usaban nada, y sus bocas no acostumbradas al aire frio, comenzaron a quejarse. Y viendo que quejarse era agradable en un ratito no más estaban gritando muchos como llamando al gigante, pero ellos no sabían que estaban llamándolo al gigante, solamente gritaban como de gusto por tener el aliento libre y encabritado nuevamente.

Así transcurría la historia, algunos con su mordaza felices y otros sin mordaza gritando ya ni recordando al gigante ni su historia, y los hombres de metal atentos escuchando y observando.

Se terminó el cuento.

Comentarios

Denis dijo…
Don Fiestorforo,
me gusta mucho la capacidad de fabularnos que a veces le asoma. Felicitaciones por eso. ¿Qué pasará con los ancianos que callados aun recuerdan la existencia del gigante y hoy vagan, como dementes con la memoria llena de criaturas que a sus vecinos les parecen fantasmales? Tal vez ud. los ha visto. Si puede me los saluda.
Una duda dudosa...¿porqué jeneraciones de jente, y no gente generadora?

Saludos
Fiestoforo_2 dijo…
la idea de jentes y jeneraciones era darle un aire de antigüedad al relato, de la costumbre de principio de siglo en Chile de utilizar je y ji, en lugar de ge y gi. En fin, creo que no resultó mucho, porque en algún momento me cambié a la ge.